Turistas

CARTA DEL SR. OBISPO A LOS TURISTAS

Queridos turistas: 

Han llegado las ansiadas vacaciones. Descanso para el cuerpo y para el alma. Tiempo de recuperación física y anímica. Pero también oportunidad de renovación espiritual. La diócesis de Mar del Plata les da la bienvenida y quiere facilitarles el encuentro con Dios. En las parroquias, capillas y santuarios, de nuestras ciudades y lugares de descanso, todo está dispuesto a fin de que en este tiempo no les falte el auxilio de la Palabra de Dios y de los sacramentos, principalmente de la Confesión y de la Eucaristía.

La oración y la práctica sacramental, la visita a un templo o unos instantes de silencio que nos imponemos para hacerle espacio a Dios, lejos de impedir nuestras vacaciones las llenan de sentido. Aun en tiempo de distensión ¿quién no tiene necesidad de escuchar un mensaje inspirado en el Evangelio de Jesús? Muchas veces el tiempo de vacación ha servido para recuperar el contacto vivo con Aquél que da sentido a la vida.

El Obispo de Mar del Plata se alegra de recibirlos, saludarlos y de tener algún encuentro con ustedes. Lo haré con la frecuencia que me sea posible, principalmente en nuestra Iglesia Catedral de San Pedro y Santa Cecilia.

Los encomiendo en mi oración y los bendigo con el mayor afecto en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

 

Mar del Plata, 8 de diciembre de 2011
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 


 + ANTONIO MARINO
 Obispo de Mar del Plata

--------------------------------------------------------------------------

CARTA DEL CURA PÁRROCO A LOS TURISTAS

Muy queridos hermanos turistas:

 ¡Bienvenidos a la Iglesia Catedral de Mar del Plata, Basílica de los santos Pedro y Cecilia! Que el encuentro con el Señor, les permita descansar y renovarse en lo físico, en lo anímico y en lo espiritual.

 Las vacaciones, son un tiempo propicio para la “Renovación espiritual”. ¿Por qué decimos que se necesita una renovación espiritual? Porque somos conscientes que a lo largo del año, con la fatiga del trabajo, el desgaste de la convivencia diaria, las preocupaciones materiales, el cansancio y desánimo que provoca el ritmo propio de la calle, que hasta por momentos se torna violento, las noticias de inseguridad –y tal vez haber sido víctima de la inseguridad-. Todo esto y mucho más –lo que cada uno pueda agregarle- nos va arrastrando a un desgaste y descuido de la vida espiritual, abandonamos la oración, la Misa dominical, y nuestra vida va entrando por un camino peligroso, de desencuentro con Dios, que inevitablemente se volverá desencuentro con los demás y con nosotros mismos, pudiendo llegar al extremo, de la pérdida del sentido de la vida. Casi sin darnos cuenta nos vamos deshumanizando, nos convertimos en seres fríos y violentos.

 Los creyentes sabemos que sólo Dios puede darle pleno sentido a la vida y que aún en los momentos más difíciles, la vida es bella y vale la pena vivirla, bebiendo su cáliz hasta el final. Porque la vida es un don que hemos recibido y debemos cuidar desde su inicio hasta su fin natura. Por eso, es necesario “recuperar el contacto vivo con aquel que da sentido a la vida”.

 ¿Cómo lograr este contacto vivo con Dios?: Con la oración, diálogo, hecho de silencio y escucha, delante de Jesús sacramentado, la lectura meditada de la Palabra de Dios, y la oración con los Salmos, el rezo del santo rosario, los sacramentos: acudir a la confesión, la Santa Misa dominical. En la oración se acrecienta el deseo, se ensancha el corazón y Dios que es rico en misericordia derrama en nosotros la abundancia de su gracia.

 Este encuentro en lo más íntimos de nosotros mismos se vuelve profundamente sanador y reconciliador. Reposar en Dios, durante las vacaciones nos permite recuperar la mirada humana y divina sobre la realidad.

 El contacto vivo con Dios, sana las relaciones humanas. Las vacaciones, son propicias para recuperar el diálogo, perdonarnos y sanar heridas. En el encuentro con los hermanos de alguna manera también se produce el encuentro con Dios: “cuando dos o tres se reúnan en mi nombre ahí también estaré yo”. Volver a descubrir que en la vida el otro es un don para mí y yo soy un don para él, es una fiesta de comunión, de don y gratuidad, es descubrir, que el pleno sentido de la vida está en amar y ser amados; y todo esto es posible en el “contacto vivo” con Aquel que es la fuente de la vida y del amor.

 Queridos hermanos, nuevamente: ¡Bienvenidos! Y que la Catedral, sea para ustedes ese espacio de vida y gozo que los invita a descansar en Dios.

Mons. Armando Ledesma
Cura Párroco

 

-------------------------------------------------------------------------

“LAS REJAS Y LOS LIMITES”

 

Querido hermano turista: seguramente que cuando usted llego a la Catedral se encontró con la sorpresa de las rejas que enmarcan la fachada principal de nuestro templo mayor. Esta obra  ya estaba proyectada por la comisión que tiene el propósito de restaurar y poner en valor este edificio de arquitectura neogótica.

Aunque la obra de las rejas fue anunciada con mucho tiempo sin embargo no dejo de provocar distintas reacciones, de adhesión o de cierta incomodidad ante la idea de que las rejas podían significar impedimentos o condicionamientos para entrar al templo.

La persona que dono esta obra me dijo un día que conversábamos: “Padre, las rejas significan un limite, yo quiero regalar estas rejas a la Catedral en honor de mis padres y los de mi señora que nos enseñaron el precioso valor de los limites en la vida, esto es también lo que quiero para mis hijos y mis nietos”. Estas palabras simples pero tan profundas fueron como un disparador para reflexionar ya no solo en las rejas sino fundamentalmente en lo que ellas significan: “limites”.

Cuando la gente pregunta por qué las rejas la respuesta es simplemente “porque son un limite”. Limite no quiere decir impedimento. En una sociedad que reclama vivir sin limites, transgrediendo todo, creyéndose con el derecho de invadir espacios y tiempos que no le pertenecen, “escrachando” la vida privada de las personas, negociando con la intimidad de los demás, ventilando con morbosidad los aspectos mas oscuros de la gente sin respetar dolor o luto de otros, no es extraño que esta sociedad –y no importa la edad que se tenga- considere los limites como un impedimento. Pero esto no es cierto, por el contrario la falta de los límites son un verdadero impedimento para crecer. Por lo menos para aquel que entiende el crecimiento como un ser desde adentro, que quiere madurar su personalidad en el cultivo de las virtudes, pudiendo de esa manera hacer un verdadero uso de la libertad, desplegando una personalidad culta, amplia, creativa, inclinada al dialogo respetuoso aun con aquellos que no piensan igual. Surge de esta manera un hombre, varón o mujer, justo, comprensivo, amable, delicado, con verdadera sensibilidad.

El reconocimiento de los propios limites, me permite ubicarme en el justo lugar; dicho de otra manera: “cuando no se reconocer mis limites pueden ocurrir dos cosas, la primera es que no sepa ocupar el lugar que me corresponde en la vida y otro lo ocupe por mi, esta actitud corresponde a una persona que no reconociendo sus limites, tiene miedo y se automargina, se oculta y prefiere que otros hagan o digan lo que el debería hacer o decir. Lo segundo que puede ocurrir es que en el no reconocimiento de mis limites esté siempre desubicado, es decir, ocupando el lugar de los demás, o no sabiendo comportarme de acuerdo al lugar donde estoy –que lamentablemente es lo que más ocurre- esta en el comedor  como si estuviese en el baño; entra al templo, como si entrara a un Shopingg.

La Libertad es un don creado –no es un don sobrenatural- por eso para que sea verdadera libertad necesita que se la eduque, se la forme, se le dé contenidos. para que la libertad no se convierta en “hago lo que se me antoja, total que me importa, si soy “libre”, que los demás me aguanten” es necesario “el limite”. Todos necesitamos de los límites: el sacerdote, el laico, el religioso, el ateo, el agnóstico, el obrero, el empresario, el gobernante etc. Aun el que se opone a los límites cuando se estrella contra la pared, llora y reprocha porque no le pusieron límites.

Me viene a la memoria, la experiencia del  gran pastor de Israel, Moisés. Moisés después de escapar de Egipto a raíz del crimen que había cometido se instaló en el país de Madian.  Allí formó su familia trabajaba como pastor cuidando las ovejas de su suegro Jetró. Conocía esas tierras y montañas como si fueran suyas, de alguna manea podríamos decir que todo aquello le pertenecía, sin embargo un día descubre en la sima de la montaña un resplandor semejante a un fuego que no se consumía, movido por la curiosidad Moisés subió hasta aquel lugar para contemplar el espectáculo de la zarza ardiente, cuando se estaba acercando escucha una voz que le dice: “¡Moisés, Moisés!”. “Aquí estoy”, respondió él. Entonces Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa. Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios”.

En ese momento Moisés podría haber dicho: “¿pero qué es esto? A mi nadie me da órdenes en mi montaña. En mi tierra, piso como yo quiero”. Sin embargo la actitud de Moisés es otra, sabe reconocer que está en el Oreb, que aunque pueda moverse, trabajar y trasladarse como en su casa, la conciencia de sus límites le recuerda que el Oreb es la montaña de Dios. Por eso se descalza y se cubre el rostro, pero esta conciencia de limites no lo aparta de Dios por el contrario lo convierte en compañero de la gesta salvifica que Dios está tramando para su pueblo. Como amigo de Dios pasa a tener un protagonismo de suma importancia en la historia de la Salvación. Un hombre que además tiene que reconocer los límites de su propia naturaleza –tenía serias dificultades para hablar-. Podríamos seguir ahondando en la experiencia de Moisés para poder ordenar nuestras propias experiencias, pero no es el momento. Creo que es suficiente para reflexionar en el valor de “los limites”, valor que se hace necesario y urgente que recuperemos si no queremos seguir atropellándonos, hiriéndonos.  
Volviendo a las rejas. Las rejas quieren señalar el limite entre lo profano y lo sagrado, de ninguna manera son un impedimento para entrar, nos señalan que nos disponemos a entrar en un espacio distinto, que requiere de nosotros cierto recogimiento, respeto y actitudes que se deben reflejar en la vestimenta, en la posturas corpóreas, en el silencio que el lugar sagrado me reclama. Aunque no sea creyente, si he entendido el valor de los límites, me debo adecuar al lugar, y el lugar es “Sagrado”, lo es para muchísima gente que entra en el templo para rezar y encontrarse con Dios.

Tengamos la humildad de Moisés que estando en su tierra no dudo de quitarse las sandalias cuando desde la zarza ardiente escucho una voz que le decía: “Moisés, Moisés, el suelo que estás pisando es Tierra Santa”.

               

       Mons. Armando N. Ledesma

       Cura Parroco

 

 

Centenario - 100 años Pasionaria